Siempre se mencionaba, aunque bien sabemos que, al menos en los últimos años, más por retórica que, por real contenido, que las elecciones generales que se desarrollaban en nuestro país constituían una fiesra electoral, donde participaban conjuntamente las familias; que, sabían contraponer sus ideas y hasta sus divergencias o preferencias electorales con el mayor respeto; y, todos (o casi todos) buscando lo mejor para nuestro ya sufrido país.
Esta situación se vino deteriorando en los últimos 25 o 30 años, en los que, lejos de desarrollarse dentro de ese clima festivo, se fueron convirtiendo en una lucha entre posiciones antagónicas, llegando, al menos, en los últimos años a obligar a los ciudadanos a optar, entre lo que, muchos llamaban, el cáncer y el sida, dicho con el mayor respeto para los ciudadanos que padecen de algunas de esas no deseadas dolencias.
Ya en el proceso del 2021, a pesar que, asistíamos a un triste espectáculo, en mi opinión de burla, en la que los candidatos, que durante los años anteriores a esa elección; o, se mostraban casi indiferentes con las necesidades, aspiraciones y ambiciones de nuestros hermanos alto andinos o de los pueblos originarios; o, los trataban peyorativamente de manera despectiva; y, hasta discriminatoria; durante esos días de campaña, los abrazaban, besaban, compartían sus mesas (algunos tratando de disimilar el asco que les producían sus comidas) y hasta usando sus vestimentas tradicionales; claro está, solo en las zonas en las que visitaban como actos de campaña.
Después de la sorpresiva elección de Pedro Castillo Terrones, como Presidente de la República, no solo se incrementó la discriminación contra nuestros compatriotas del Perú profundo; sino se magnificaba la dificultad de comunicación con un castellano que no resultaba compatible, con los de los ciudadanos de las grandes ciudades; muchos de ellos, eruditos, por haber tenido la oportunidad de acceder a una educación que como país, se les negó a los que, muchos llaman, ciudadanos de segunda categoría.
Ese fue, en mi opinión, el primer grito de alerta del fraccionamiento socio económico que ya se apreciaba en nuestra sociedad; que, se acrecentó, luego de la elección de Castillo Terrones, de “terruquear” a todo aquel que tuviera el “atrevimiento” de cuestionar a los que, mal usando, el poder que, obtuvieron de un pueblo al que decían representar; sin respetar e, gran dolor que causó la insania terrorista que asoló nuestro país, en los años 80, 90; y, de la que alguna fuerza política enarbola como orgullo el haberlo derrotado; pero haciéndolo aparecer como “peligro” en cada elección popular.
El “choleo”, el “negrero”, el “indio analfabeto”, entre otras calificaciones peyorativas no solo desaparecieron, ni se redujeron en el último quinquenio; sino que, a través de diferentes expresiones de quienes detentan poder económico, político; y, hasta mediático; sino que, se siguieron incrementando, haciendo que esa brecha entre pobres y ricos; entre letrados e iletrados; entre citadinos y provincianos; entre costeños y serranos o selváticos, reforzando la peligrosa fractura social que se viene percibiendo desde hace años en nuestro país, al extremo de pensar, que, no solo el Perú viene dejando de ser a pasos agigantados un Estado unitario y descentralizado, como nos describe la Constitución; sino, que las Garantías Constitucionales que ese Estado debe brindarnos, por igual a todos los ciudadanos, solo queda en lectura para la academia, sin ningún contenido real y social.
Independientemente, del resultado final que el Jurado Nacional de Elecciones, declare al término de este proceso eleccionario irregular desde el inicio; y, con grandes cuestionamientos de forma y de fondo; de la votación que se observa en las diferentes regiones nos va demostrando la gran y preocupante fractura política, social y económica de nuestro país; que, sumado a la poca representatividad porcentual de los candidatos que pasarían a la segunda vuelta, hace que, el gobierno que asuma el 28 de julio pueda tener la legalidad de los números de votos; pero, carecerá de la legitimidad de la real representación ciudadana que, hasta analistas internacionales, con los que lamento coincidir, expresa un oscuro y negativo pronóstico de duración.
Esto, nos debe llamar a una profunda reflexión, por cuanto, cuando el pueblo desplazado y olvidado hasta por sus” representantes” que asuman el poder a nivel del ejecutivo y legislativo, considere que, la elección de abril del 2026, en realidad no fue una fiesta, sino un luto de la democracia; pueda adoptar acciones diferentes a los canales que, la sociedad, considera expresión de lo que queda de “democracia” con consecuencias imprevisibles.
En las manos y acciones de todos los peruanos, está que las desigualdades y discriminación social, no termine de enterrar los intentos “democráticos” que demostraron los millones de peruanos, muchos de ellos de edad avanzada sin obligación legal de sufragar, que acudieron desde muy temprano a los centros de votación hasta en los lugares más recónditos del país, y esperaron hasta horas en largas filas bajo la inclemencia de los diversos climas de nuestro país.
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Escribe: Marco Silva


